Microrrelato para no dormir 11#



No sé si el cielo está nublado o es por la contaminación. Hace 50 años no pensábamos que esto fuera a ocurrir. Podrías pensar que el agua escasea, pero no, cada vez somos menos humanos. 

Estamos en la fila del horror. Iván —mi hijo de 10 años— y yo esperamos nuestro turno para conseguir dinero. 

Nos escoltan máquinas que no tienen piedad de disparar si fuera necesario. No todas van armadas, algunas nos dan trozos de pan y botellas de agua. «Hay que aguantar hasta que llegue nuestro turno».

Recuerdo aquella frase que decíamos para ayudar a otras personas: «Vales mucho». No puedo evitar soltar una carcajada al escucharla. 

Mi mujer fue secuestrada y hace meses que no sé nada de ella. Desde hace pocos años el trabajo humano escasea, los robots se encargan de todo. «¿Pensabas que te ayudarían a sobrevivir?». Hay dos formas de conseguir dinero: secuestrando personas y vendiendo las partes de su cuerpo o viniendo a uno de estos centros del estado.

Salen felices de allí, algunos incluso con la vida resuelta. Espero que no tengamos que repetir esta experiencia. Intentaré buscar un lugar donde podamos vivir sin peligro, al menos, Iván.

Es nuestro turno. Entramos a una sala de bienvenida custodiada por varios guardias. Me hacen varias preguntas, después nos sentamos a esperar.  Cuando me nombran paso a la habitación, sé que mi chico estará bien. 

—Bienvenido. —Es un cirujano—. En primer lugar, enhorabuena, ha sobrevivido.

La verdad es que no estoy para sarcasmos, son muchos días comiendo migas de pan. Aunque sé que lo dice en serio.

—Solo quiero dinero, señor. —Señalo a la puerta—. Tengo un niño al que alimentar.

—Tranquilo, gracias por la ayuda que nos va a ofrecer. —Le miro intrigado, pero a la vez molesto. No estoy de humor—. Nos estamos muriendo muy rápido y no sabemos el porqué.

Aprieto mis manos para no contestarle mal. «Por supuesto qué lo sabéis».

—Entonces, dígame... ¿Cómo funciona esto?

—Échese aquí... Podré indicarle el dinero que le podremos dar. —Me invita a tumbarme.

Me acerco a la camilla y le miro a la cara mientras me siento. «Vamos a ver qué es lo que estáis tramando». Me relajo y me acuesto.

Cierro los ojos y confío en él. Coloca un trapo sobre mi rostro y después inserta unos tapones en mis oídos. Respiro tan lento que consigo mantener la calma. Miro a través de aquel paño y me percato de que hay dos sombras: una es la del doctor, pero la otra no parece humana, es más grande. En ningún momento siento que me tocan. La sombra del tipo más grande desaparece. El doctor libera mis sentidos. Me yergo y espero los resultados.

Se sienta en la silla y resopla. No tiene buenas noticias.

—No te quedan más de 3 meses de vida —me dice, muy serio—. Tiene cáncer de hígado, el estado es avanzado.

Durante unos segundos nos quedamos en silencio. Esto no me lo esperaba... Todavía soy muy joven. ¿Qué será de Iván?

—En realidad..., esto tiene solución. —Llama mi atención y le observo—. Yo tengo 103 años, no los aparento, ¿verdad? Y si le dijera que puedo curar su enfermedad, también podrá vivir 100 años más, no tendrá que pedir más dinero. Su vida estará resuelta.

No entendía lo que quería de mí.

 —¿Qué hay que hacer?

Me lo explicó. Después de 10 minutos salí de aquella pieza. Comprendí que me quedaban 100 años de vida y que los iba a disfrutar. Iván se acercó a mí, me regaló un dibujo hecho por él. Mis ojos se humedecieron.

 —Iván, hijo. Pasa, te están esperando...



Comentarios

  1. Hola RR. No sé si he entendido el final, pero, el padre sacrifica al hijo?. No lo esperaba si es así. Buena historia como siempre. Un saludo.

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    1. Buenas, Pedro. Has acertado... Es un final triste. Gracias por tu visita y un abrazo,

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  2. ¡Hola!
    Debo decirte que me ha encantado el relato, la trama muy bien ambientada, así como su final, totalmente inesperado. Mi más sincera enhorabuena!
    Abrazo

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    1. ¡Hola, Yessykan! Gracias por comentar y agradezco que te haya gustado el relato

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  3. En el fondo, a la hora de la verdad, no lo quería tanto.

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    1. Por desgracia, muchas personas hubieran hecho lo mismo. Un abrazo, Cabrónidas.

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