¡Preparen armas!


Tenía miedo, pero no por mí... ¿Merecían morir así?

Eran batallas muy duras, siempre pasaba lo mismo: «Es tu turno, Dune», y se acabó... Quizás pensaban que no tengo corazón. ¿Será verdad? ¡Me dolía! De veras que se me partía el alma cuando veía tantos soldados destrozados, decapitados y personas que dejaban hijos solos en esta vida tan injusta.
 El olor que desprendían las víctimas aún es parte de mi olfato, y en mi cabeza se repiten las voces que piden clemencia y perdón... Por desgracia no se toleraba la debilidad. Él solo se limitaba a acabar con ellos.

No me gusta hablar de aquella cosa. Pero os contaré lo que pasó en la última batalla.

El batallón en el que estoy se encontraba cansado. Fueron muchas bajas. Había presión psicológica y física, pero esta era la parte final. «Vamos, chicos, reventad cabezas», nunca olvidaré esa frase. Y digo esto, porque al frente estaban los últimos enemigos: niños armados y vestidos de militares. «¡No hay piedad!», mi piel se erizó... 

Esta vez no haría falta mi ayuda en primera línea.

—¡Alcen armas! —Nos señaló el teniente.

Todos cargaron sus fusiles. 

Los niños no entendían nada, esperaban una señal para disparar. Algunos ni siquiera podían levantar la escopeta...

—¡¡Fueg...!! —Antes de que terminara la palabra le volé la cabeza de un disparo a mi teniente.

El pelotón de doscientas personas se giró hacia mí y empezó a dispararme. No veía nada, las balas no me hacían nada. Todo se llenó de humo a mi alrededor. Entonces aquella bestia salió de mí.

Vi como aquella sombra crecía hasta los cuatro metros y se hacía más corpulenta. De la nada sacó dos machetes. 

La sinfonía de siempre comenzó, pero esta vez eran los de mi propio bando los que sufrirían las consecuencias. No podía permitir que eliminaran a gente inocente. La sombra pisaba sus cabezas, abría su enorme boca y se tragaba a los soldados. Expulsó más sombras similares a ella, y alcanzaron a los que pretendían huir. Los cortaban por la mitad, algunos solo con tirarles del pelo eran decapitados.

 El desastre duró unos minutos, hasta que me quedé solo frente al grupo de niños. Las sombras se dedicaron a no dejar cuerpos, es lo que pasa cuando comemos lo que más nos gusta, no dejamos nada... ¿verdad?

Los niños me miraban sorprendidos, así es la inocencia. Solo por esto merecía la pena lo que hice, emanaban miedo, incomprensión. 

—¡Tranquilos! No os haré daño —dije mientras dejaba el arma en el suelo. 

Como un rebaño sincronizado empezaron a reír. Me sentí confuso, no entendía que era tan gracioso. Sus carcajadas cambiaron y tomaron una tonalidad femenina. Todos los niños desaparecieron excepto uno. Este se acercó a mí y mientras lo hacía cambió su apariencia a la de una mujer adulta. 

—¿Quién coño eres? —le pregunté extrañado.

Observé que mis extremidades no estaban. Poco a poco dejaba de sentir partes de mi cuerpo y me desvanecía. Ella se colocó junto a mí, acercó sus labios a mi oído y me susurró.

—Despierta, Dune.

Cuando abrí los ojos vi un montón de soldados. Estaba tumbado en una camilla y no entendía nada. Entonces escuché a alguien decir: «Se ha salvado por poco. Ha estado  cinco días en coma. Es increíble que haya sobrevivido a un disparo en la cabeza».

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Comentarios

  1. ¡Noooo! ¿En coma? Eso si que no me lo esperaba. ¡La intriga me podía mientras iba bajando líneas!

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  2. ¡Hola, RR! Ostras, el giro final me dejó con la duda de la procedencia de esa bala que lo dejó en coma y con esa historia entre bélica y fantástica. Un relato trepidante. Un abrazo!

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