Dulces de reyes.


Cuando era pequeña algo sorprendente me pasó un «5 de enero».

Como todas las mañanas, me levanté de la cama y seguí el sonido de la máquina de coser.

—¡Mamá! ¡Para de coser¡ ¡Va a pasar! —Corrí hacia la ventana y me asomé —. ¡¡Piiii!! ¡La bocina, señor! —grité al cartero cuando pasaba, señalando su bicicleta.

El cartero la pulsó varias veces y me puse muy feliz. Soñaba con tocar la bocina en mi propia bicicleta. Todos los años los Reyes Magos me traían dulces, pero ese año quería una. La única adulta de confianza era mi madre.

—Cariño, estoy trabajando ¿Qué quieres ahora? 

—Mamá, ¿por qué los Reyes Magos no me traen una bicicleta? ¿Es por qué somos pobres?  —Hubiera dado un riñón por una bicicleta como la del cartero.

—Hija, sabes que aquí solo traen dulces. —Los gastos y comida no se pagaban solos, tenía un largo día de trabajo—. ¿Por qué no sales a dar un paseo, hija?

Salí a pasear, estaba enfadada y decepcionada: «Miente, merezco una bici», pensaba mientras caminaba, hasta que una piedra pequeña cayó enfrente de mí. La piedra rodó hasta mis pies, busqué alguna persona a mi alrededor, pero no había nadie. Decidí guardarla en un bolsillo. Esa tontería me hizo olvidar mi obsesión por un rato.

Esa noche me acosté, coloqué la piedra en la mesilla y apagué la lampara. Mi madre estaba agotada y se quedó dormida muy rápido.

Imaginaba montar mi bicicleta, mirando el techo de mi habitación, cuando un pequeño ruido se escuchó en la piedrecita. Comenzó a brillar y a moverse por la habitación. Cuando llegó a la ventana, quedó levitando en el sitio. Me levanté y me acerqué sorprendida para mirar a través del cristal: en el cielo una estrella enorme brillaba, me enamoré de ella. Millones de piedras similares a la mía iban adhiriéndose en ella.

 —¿No vas a pedir un regalo, joven? —dijo una voz que provenía del armario.

Sobresaltada, miré hacía un lado y me encontré con los Reyes Magos.

—Estamos seguros de que no te asustarás. Solo necesitamos que abras la ventana y dejes que esa parte de estrella se una con las demás.

—¿Puedo pedir lo que quiera? —Estaba muy claro lo que iba a pedir—. Mi madre dice que solo traéis dulces.

—Esta noche es especial... Traeremos el presente que pidas, señorita.

—¡Bien! —Corrí hacia la ventana, la abrí y pedí una bicicleta como la del cartero. —¡Gracias, Reyes Magos!

Nunca olvidaré el momento en que mi parte de estrella volaba hacía esa enorme roca brillante. Además fue acompañada por fuegos artificiales. El cielo de la noche danzaba, cambiando de colores y olores, denotando en el paisaje la magia de la estrella de oriente. Me sentí viva, emocionada. Cuando cerré la ventana los Reyes Magos ya no estaban. Me acosté de nuevo y me quedé dormida.

«¡¡Los Reyes Magos solo traen dulces!!»

Final alternativo 1:

Me desperté asustada al oír esa voz y miré hacía los lados, pero no había nadie. Después recordé que ese era el día más feliz de mi vida. Escuché el sonido de la máquina de coser y lo seguí como cada mañana. 

—¡Mamá, los...! —No pude terminar la frase. Encontré a mi madre decapitada: su cabeza estaba al lado de la máquina de coser y funcionaba gracias a que uno de sus pies quedó apretando el pedal.

Por la puerta entró la bicicleta del cartero, sus pedales se movían solos y estaba llena de sangre. Aún sorprendida, mire hacia la ventana. Según me acercaba a ella iba descubriendo el terror que había afuera. Casas derrumbadas, cadáveres —entre ellos el del cartero—. La estrella que por la noche era una maravilla había destrozado la ciudad. 

Sentí detrás de mí a los Reyes Magos. Al darme la vuelta escuché unas carcajadas: «¡¡Ja,ja,ja, Aquí tienes tu bicicleta!! ¡Toca la bocina! ¡Ja,ja,ja! ¡Vendrás con nosotros!». 

Hoy, treinta y siete años después aún tengo mi bici. En su reino, cada vez que pedaleo creo un dulce para la siguiente noche de Reyes.

Final alternativo 2:

Escuché cómo alguien cosía en el salón.
Salté de la cama y corrí hacía la sala, pero allí no había nadie. Me acongojé, la máquina estaba haciendo el sonido sola. Me arme de valor y me apresuré a apagarla. 

Entonces..., el silencio se hizo incómodo y estremecedor. Solo se me ocurrió preguntar...

—¿Mamá?

—¡Shhh! —Un aliento llegó a mi nuca.

Acto seguido una bocina me hizo saltar del sitio, la puerta de entrada se abrió y la bicicleta del cartero entró sola por la puerta. El sonido de los pedales me indicaba que alguien estaba encima de ella, aunque no vi a nadie.

Era cómo si la bicicleta me invitara a subir en ella. Y así lo hice, para descubrir que la ciudad estaba en ruinas, no había ningún adulto. Todo estaba derrumbado, se echaba de menos el sonido de cualquier cosa. La soledad me inundó y el regalo no me hizo sentir la emoción que esperaba.

Llegué a un parque. Solo había niños con el regalo qué habían pedido: muñecas, consolas, espadas de juguete..., pero estaban tristes y lloraban, porque los adultos habían desaparecido.

Ese fue el único año que los Reyes de oriente trajeron algo más que dulces.

Hoy tengo 37 años y una hija.

—Mamá, ¿puedo pedir a los Reyes Magos un patinete?

—Lo siento, hija. Ellos solo traen dulces.

 Tengo miedo... Ahora sé cuánto me amaba mi madre.

Escrito por Pilar y Psico.

Comentarios

  1. Sorprendente historia, menudo giro. Me ha encantado. Fantasía y terror, mis temas favoritos. Felicitaciones a las dos.

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    1. Gracias a ti, así es mezcla de fantasia y terror, cambiando un poco la noche mágica del día de Reyes, gracias por entenderlo.

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  2. Gracias a ti por leerlo, un dia tocara volver a leer relatos.

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  3. Que mal rollo. ¿Esos reyes la lian cada ciertos años de manera cíclica cuando reúnen suficientes dulces o algo así?

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  4. Hola Pyman , sea como sea siempre traen dulces , la verdad es
    que los dos finales son impactantes , me han gustado mucho los dos
    al igual que el relato , te deseo una feliz mañana saludos de flor.

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    1. Muchas gracias Flor, me alegro que te gusten. Un saludo para ti, feliz día

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Vaya si es aterrador, los dos relatos tienen ese trasfondo siniestro muy bien ambientado para este relato horripilante. La verdad este es uno de los mejores relatos de terror que he leído de los reyes magos. Pobre le fastidio la infancia, pero esa mala experiencia aterradora le ayudó para proteger a su hija de los falsos reyes magos.
    Me gustan las escenas gores que le pones a tus relatos.
    Abrazo

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