Texto apócrifo de San José. (Monólogo y Parodia).

 

Al parecer hoy en día está de moda enterrar cartas o textos, así que... Yo, José, padre de Jesús y marido de María, quiero dejar escrito esto hoy con fecha «6/1/1». 

En primer lugar, quiero desahogarme: yo amo a mi mujer, pero me cuesta creer que un ángel bajó del cielo y con una luz la dejó preñada. ¡Espero que leas esto! ¡Mal nacido! Podrías al menos aportar la mitad de los gastos. Tú has hecho la parte divertida mientras yo estoy cambiando pañales y trabajando en la carpintería desde que sale el sol. En esta época aún no se trabaja los sábados, así que te espero. ¡Pedazo de idiota! ¡Ven si tienes huevos! Si tienes pensado que peleemos entre semana que no sea este miércoles, porque estoy mal de la próstata y me van a hacer una prueba novedosa.

Respecto a lo que ha pasado esta noche. 

Estábamos los tres en el portal de Belén. El fuego calentaba, pero no mucho porque nos falta una pared. Entonces se escuchó una voz: «¡¡María, que te llegan los camellos!!».

—¿Qué camellos? ¿Qué grita ese? —le pregunté, sorprendido—. ¿A quién has invitado?

—¿Ya vas a empezar, José? —Con esa cara de enfado que pone siempre—. Mira el cielo, ¿ves esa estrella grande?

—¿Esa de ahí? —Señalé con el dedo.

—Sí, esa. Pues es el niño que ha llamado a unos ami... digo unos reyes muy poderosos, a través de ella.

—Pero... si el niño nació hace diez días. ¿Cómo los ha llamado? —Yo flipaba, vamos...

—¿Otra vez tengo que explicarte todo, José? ¡Qué el niño es especial! —me dijo, gesticulando con sus manos—. ¡Anda! ¡Anda! Sal a recibir a estos hombres, que traen cosa fina.

Cuando salí vi tres pajes montados en camellos. Antes de saludarles agarré la pala. Yo es que no lo entiendo... Había un tipo cagando al lado del portal.

—¡Tú! ¡¿Qué coño haces?! ¡A cagar vas a tu puta casa! —Claro, cuando me vio con la pala salió corriendo, pero la mierda se quedó.

Los tres bajaron de los camellos.

—¡Bienvenidos! —Reconozco que soy muy mal actor y mi sonrisa fue muy poco real—. ¡Adelante! ¡Pasen! —Ni me saludaron ni me miraron. Entraron directamente.

Con el olor de la mierda, vinieron el buey y la mula del vecino. Claro... como nos falta esa pared entraron y se tumbaron. 

Antes de hablar de los reyes tengo que expresar algo: ¿Cuántos años tienen? Dos de ellos deberían tener al menos setenta años. En esta época si llegamos a los treinta y cinco años «nos damos con un canto en los dientes». El morenito sí era más joven. Sus dos compañeros le llamaban «tres piernas», aunque no entendí por qué.

María me llamó y me senté a su lado. Al parecer traían regalos. ¡Buah! Me froté las manos, por fin algo bueno iba a pasar. Cuando el de barba blanca sacó el oro casi le abrazo. Quise cogerlo, pero María golpeó mi mano.

—¡José! ¡Qué esto es para el niño! Para sus gastos cuando crezca, así viajará mucho y nos dejará tranquilos. Porque este niño hasta los treinta no se va. Vamos, eso que te quede bien claro. 

Ella recibió el oro y lo guardó.

 El segundo paje no regaló nada, sacó incienso y lo prendió, porque como olía a mierda... «Es que huele muy mal». ¡Pues no haber venido! ¡Gilipollas!

«Tres piernas» hizo un gesto con la mano, indicando a sus compañeros y a María que salieran. Lo que pude ver: debajo de las mantas que tapaban las jorobas de los camellos, había un montón de bolsas con lo que parecía ser azúcar o harina. Abrieron una y llenando su dedo con el producto, se lo llevaron a los agujeros de la nariz.  Hablaban y reían sin parar.

—¡María! —grité desde el portal—. ¿¡Qué es eso!? ¿Harina?

—¡Mirra, José! ¡Mirra! —me respondió sin dirigirme la mirada, bailando y cantando con los tres pajes.

Bueno... Esto ya fue el colmo, salí con ellos.

—¡Uy! ¡Qué tarde es! Vamos a dormir, María, que esta gente tendrá que irse a su casa.

—¡Qué pesado eres, José! —Me agarró las manos y las movió, simulando que yo bailaba con ella.

Entonces es cuando vi un saco detrás del último camello, me solté con suavidad de María y me acerqué a mirar. Joder, era un cadáver: un viejo con barba blanca, con ropa de color rojo y blanca. Tirado en el suelo y a su lado la cabeza de un reno o ciervo.

—¿Y esto? —Apunté al muerto con el dedo.

—¡Ah! Ese es un plagiador —explicó «tres piernas» mientras bailaba—. Le hemos explicado «quien manda en este barrio».

Exploté...

—«¡¡Pues a tomar por culo de aquí!!» —Si es que uno se tiene que enfadar para que le hagan caso—. ¡Venga! ¡Dejad las bolsas de harina en el suelo que ya me encargo yo! ¡Y al gordo de rojo, os lo lleváis y enterráis!

María me miró enfadada, pero no dijo nada. Me esperaba una buena reprimenda cuando los pajes se fueran.

Total... se fueron y me cayó una bronca impresionante: que si venían desde oriente, que si era un mal educado y que eso no se hace... Me puso un trozo de carbón seco en la mano: «Este es tu regalo, José, por portarte tan mal».

Y bueno, me he desahogado, gracias por leerme. Maté al buey del vecino y vamos a cocinarlo con la harina que nos trajeron los reyes.

Comentarios

  1. Jajajajaja, me he reído muchísimo, ¡que falta nos hace el humor en estos días!

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    1. Qué puedo decir, me encanta que me visites. Gracias. <3

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  2. Jajajaja, que risa, me duele la boca de reír, 👏👏👏 de 10 de ha encantado.

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  3. ¡Qué deliciosamente irreverente! Ja, ja, ja... Sin duda que ese episodio hoy día tendría que ser muy bien explicado. Estupendo humor para sacarnos unas carcajadas. Un abrazo!!

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    1. ¡Hola, David! Espero que te vaya bien. Gracias por tu visita y me alegro de que te haya hecho reír el relato.

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  4. Una versión muy gamberra y simpática. Creo que esa María se fumó esa noche su propio nombre xD

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